13.7.08

EL PERIODISMO DEL LADO DE LOS EXPLOTADOS


“En el año 1982 hubo un conflicto en el diario Clarín por el cuál despidieron a seis compañeros por encabezar un intento de organización gremial en el cuál quedo marcado por la participación en las asambleas y a partir de ahí me concentro en la pelea por nuestros derechos como periodistas, entre los que estaba la cuestión máxima que es la libertad de expresión. Nueve años después me echaron”, contó el periodista y abogado especialista en derechos humanos Pablo Llonto, que con su cuerpo pequeño, su 1,70 de estatura y en plena adolescencia se enfrentó a jefes que respondían a uno de los medios más influyentes de la Argentina.
Según la Real Academia Española, en una de sus acepciones una paradoja es una figura de pensamiento que consiste en emplear expresiones o frases que envuelven contradicción, y a esto se asemeja el hecho de que Clarín fue el medio que le pagó su primer nota. “Había llevado mi curriculum a varios lugares y un día, me llama el jefe de la sección de Deportes porque se había enfermado un periodista y así empecé, fui a cubrir el partido Banfield-Colón, en octubre de 1978, después del Mundial jugado en Argentina organizado por la última dictadura militar”, rememoró Llonto, que además escribió el libro La verguenza de todos, una crítica feroz al rol que la sociedad jugó en ese Mundial, editado en el año 2007 por la Asociación Madres de Plaza de Mayo.
Sin embargo, sus comienzos en la profesión no le fueron fáciles. La formación que había recibido en el Instituto de Ciencias de la Información era muy mala, así que tuvo que aprender sobre la marcha. “Aprendí en las redacciones, hay una falta total de dedicación de los medios de comunicación hacia los jóvenes que recién ingresan para prepararlos, los lanzan muy en bruto al ruedo”, se quejó el abogado. Además agregó que a él lo ayudaron consejos de algunos buenos periodistas, como Alejandro Caravario y Mariano Hamilton, y la lectura de los textos de los periodistas Rodolfo Walsh, Enrique Raab y Gabriel García Márquez. ¿Qué te aportó esa lectura? “Fueron muy agradables y didácticos. Me enseñaron a darle importancia a los temas que realmente son importantes. Un partido de fútbol no puede tener más o igual importancia que la desnutrición”, señaló Llonto.
Con una taza de café a medio terminar y un plato de galletitas dulces surtidas en la mesa de la cocina de su casa del barrio porteño de Barracas, definió cuál es el rol que un periodista debe cumplir en la sociedad. ¿Cuáles son los caminos de un periodista? “Si uno quiere ser periodista para ganar plata y ser famoso hay un camino que lo están llevando adelante miles. En cambio, si uno quiere ser periodista para contarle a la sociedad la verdad, la cruda realidad, con el fin de que la sociedad la transforme para hacer un mundo mejor, bueno, se desvía a otros caminos del periodismo, entonces rechazará cuestiones como trabajar en lugares donde lo importante sea el casamiento de Wanda, o la mesa de Mirtha Legrand, o si al desgarro de Messi hay que darle una página entera. Yo me alejé de este periodismo después de haberlo hecho mucho tiempo”, enfatizó Llonto. Además de en Clarín, donde escribió hasta 1991 y que redactó una biografía sobre su dueña, La noble Ernestina, trabajó en los diarios La Razón y El Expreso, y en las revistas Noticias, El Gráfico, Somos, Gatopardo, Veintitrés y Un Caño. En la actualidad trabaja freelance, “pichulea” para llegar a fin de mes notas en el sitio de Internet Hipercritico.com y en las revistas Caras y Caretas y Selecciones.
Sus textos recorren dos ejes: por un lado la mentira y la corrupción de los poderosos y por otro la dignidad y la lucha de los más débiles. Y, justamente, Pablo Llonto optó por este último a la hora de exponer los que él considera sus notas más valiosas. “Una investigación para descubrir el destino de un atleta desaparecido en enero del ´78, Miguel Sanchéz, que me llevó un año, y un reportaje al jugador Jorge Carrascosa, que es para mi el personaje más digno del fútbol argentino”, aseguró, y aconsejó a los jóvenes estudiantes de periodismo que no se miren en el espejo de los periodistas como Fernando Niembro, si no en aquél jugado por la verdad, que no busca dinero ni pantalla, en aquél que está del lado de los explotados.

OTRA MANERA DE SENTIR A JESÚS


“Queremos recordar la historia de estos 12 compañeros que están siempre con nosotros y aprovechar también para acordarnos de que el pasado 11 de mayo se cumplieron 34 años del asesinato del Padre Carlos Mugica, estos son los motivos de la celebración de hoy”, anunció, ataviado íntegramente de blanco, el Padre Carlos Saracini, de 43 años, aunque aparente muchos menos.
Al anochecer del 8 de diciembre de 1977 Ángela Aguad, Remo Berardo, Esther Ballestrino de Careaga, Raquel Bulit, la Hermana francesa Alice Domon, Horacio Aníbal Elbert, Patricia Oviedo, José Julio Fondevilla, María Eugenia Ponce de Bianco y Gabriel Eduardo Horane estaban en la esquina de Estados Unidos y Urquiza en el barrio porteño de San Cristóbal debatiendo la manera de conseguir dinero para publicar una solicitada en los diarios con el objetivo de exigir la aparición con vida de sus hijos “Desaparecidos”, sin embargo no esperaban que una patota comandada por quién ellos reconocían como “Gustavo Niño”, es decir el marino represor Alfredo Astiz (ver foto), los secuestrara y llevara a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). A Azucena Villaflor, fundadora de Madres de Plaza de Mayo y a la Hermana Leonie Duquet les tocó dos días después: hoy un Mural de colores en esa esquina los homenajea.
Si se contemplaba el altar de frente, el Padre estaba parado detrás de una mesa preparada sobre el ala izquierda al mismo nivel de los fieles y vestida con un mantel blanco, dos ramos de flores, dos velas, el vino sagrado y las hostias. Sobre él, y sostenido por dos columnas blancas, un lienzo rojo rezaba en letras negras que los homenajeados “No son sólo memoria...son vida abierta”. Lo rodeaban de 35 a 40 fieles, en su mayoría viejos, emponchados por el frío, entre los que sobresalían 10 pañuelos blancos, símbolo de las Madres.
Durante la última dictadura militar argentina (1976-1983) las Madres de la Plaza recurrieron a los Misioneros Pasionistas para salvaguardarse y rastrear información que les pudiese devolver a sus hijos. Muchos se refugiaron en la Parroquia Santa Cruz, flanqueda por las calles Estados Unidos, Carlos Calvo, 24 de Noviembre y General Urquiza, en San Cristóbal. En la misma manzana están la escuela, el servicio social, un local de Alcohólicos Anónimos y la Casa de Nazareth, con treinta habitaciones con baño. Enfrente, el Hospital Francés.
Su compromiso con los problemas sociales y la afinidad con los postulados del Movimiento de los Curas del Tercer Mundo es lo que identifica a esta congregación a diferencia de la Conferencia Episcopal Argentina. Precisamente, desde un afiche negro con letras blancas desplegado a la izquierda del altar mayor las fotografías del padre Carlos Mugica, del monseñor Enrique Angelelli y del monseñor Oscar Arnulfo Romero, bautizados como “Nuestros Mártires vigilan y protegen a los visitantes”
Antes de iniciar la celebración, Saracini enseñó una escultura que los alumnos de la Escuela de Cerámica Nº 1 habían creado para homenajear a las Madres de Plaza de Mayo como motivo del 31º aniversario de la primera ronda de los jueves. La pieza representaba un árbol sostenido por estatuitas de las Madres, y si se levantaba la vista se apreciaba la reproducción de distintos momentos de lucha y dolor y culminaba en la imagen de un feto, inicio de la vida. “Es hermoso, que lindo”, festejó con lágrimas en los ojos Tati Almeida, una de las Madres.
Acto seguido, el Padre Saracini pidió que tomaran asiento y la Asamblea obedeció sin chistar. Manoteó una guitarra criolla y entonó a viva voz Palabras para Julia, de J. A. Goysolo: “Tú no puedes volver atrás/porque la vida ya te empuja/Como un aullido/interminable, interminable....”. Los presentes hicieron la señal de la cruz mientras el sacerdote dice: “En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo”, “Amén”.
Ahora viene el momento de las Lecturas, de la palabra de Jesús tomada del Antiguo Testamento, del Nuevo Testamento o de alguno de los cuatro Evangelios. Pero no. El Padre Saracini le cede el micrófono a dos miembros de movimientos de derechos humanos que se alternan en la lectura de tres párrafos extraídos del discurso que el poeta, escritor y periodista Juan Gelman escribiese en ocasión de recibir el Premio Cervantes de Literatura. Entre párrafos, el cura había incluido una pregunta para que los feligreses se tomaran cinco minutos para pensar en silencio la respuesta para si mismos. Como cierre, y luego de un Evangelio de San Juan, se cantó un Aleluya bien fuerte escrito por monseñor Angelelli.
Viene la oración. “Vengan, acérquense a la mesa así estamos todos juntos, las Madres atrás mío, esperen que bajo el micrófono así estoy en un plano de igualdad”, invitó el padre. Los pedidos para Jesús son muchos: por los pobres, por que los jóvenes no se acerquen a las drogas, por que no haya desalojos, por que se condene a los genocidas, por que haya Justicia. Las voces retumban en la Santa Cruz. Llega el momento de que cada uno pida por aquel que está frágil y débil, que necesita ayuda: “Jorge Julio López: Presente”, “Gustavo Cortiñas: Presente”, “Haroldo Conti: Presente”, “Familia Aredez: Presente”, “Rodolfo Walsh: Presente”. Y así prosiguió hasta que el Cura Carlos Saracini exclamó: “Por Los 30 Mil Compañeros Detenidos Desaparecidos: Presente, Presente”, para que lo puedan escuchar Careaga, Bianco, Aguad y Duquet, cuyos cuerpos descansan en un Jardín con flores pegado a la Santa Cruz, a metros de la entrada principal sobre la calle General Urquiza. Todavía, a 31 años de estos crímenes, el represor Astiz no fue condenado.

El fútbol también sabe escribir


“¿Qué les pasó el domingo?”, “No pasaron una vez la mitad de la cancha, quedó claro que los tenemos de hijos”, “Lo reconozco, pero en el segundo tiempo creamos más llegadas de gol que ustedes”, “¿Dónde?, ¿Qué partido viste chabón?”, el resultado del clásico que Boca y San Lorenzo habían jugado la fecha anterior del Clausura 2008 motivó la discusión entre los estudiantes de periodismo deportivo Pablo y Martín que esperaban para ingresar a la sala Julio Cortázar de la 34ª Feria Internacional del Libro donde el periodista deportivo Alejandro Fabbri iba a presentar su libro Historias negras del fútbol argentino, editado por Capital Intelectual, la misma editorial que publica la edición para América Latina del diario francés Le Monde Diplomatique.
A pesar de que faltaba media hora para el comienzo de la actividad, el Pabellón Ocre, donde estaba ubicada la sala, lucía despojado, solo, parecía mucho más grande de lo que aparentaba, lo único que desentonaba era la larga fila que se había formado para escuchar a Fabbri. A las 20.30, la hora señalada , viejos y jóvenes abrigados gracias a los siete grados de temperatura que hacía afuera ingresaron y se acomodaron en las 280 sillas rojas con borde marrón. Se ocuparon alrededor de 250. Quince minutos después empezó la presentación.
“La idea del libro surgió a raíz de una serie de tres notas que junto a los periodistas Eduardo Koepl y Daniel Lagares publicamos en una revista de los ´80 llamada Goles Match de la Editorial Abril, en la que develábamos historias de sobornos y presiones políticas en las categorías del ascenso, habíamos elegido esas divisiones porque San Lorenzo estaba por descender, como ocurrió en 1981”, explicó el autor que conduce los programas Estudio Fútbol y Frases Hechas por el canal Torneos y Competencias (TYC Sports) y comenta algunos partidos por la misma señal.
Historias... es una ampliación de aquella investigación que abarca desde el inicio del profesionalismo en 1931 hasta comienzos de la década del ´70, estructurado alrededor de notas periodísticas de la época y contextualizaciones redactadas por Fabbri.
Ataviado con un pantalón de traje negro y camisa blanca, sobre un escenario en el que una larga mesa, tres micrófonos, tres copas y tres botellas de agua mineral eran el único mobiliario aparte de una gigantografía del libro y un banner verde de la editorial, y flanqueado por el prosecretario de redacción y editor de la sección Deportes del diario Clarín, Daniel Lagares, y por el ex-relator y conductor del programa Fútbol de Primera Marcelo Araujo, el hombre de TYC describió las dificultades que tuvo que enfrentar durante la investigación: “Cuando se trata de investigar, uno se encuentra con muchas paredes, el problema es lograr que alguien del ambiente del fútbol hable, la única nota que hice fue a Pancho Varallo, jugador de Boca en 1950 que confesó que su equipo fue ayudado, pero no me sirvió de mucho”.
“Miren lo difícil que es investigar que recién ahora lo confesó”, acordó Lagares mientras se enredaba con el cable del micrófono, y agregó que “entre los periodistas y los dirigentes hay cierta familiaridad: fuera de micrófono confiesan cada cosa, pero cuando uno quiere grabar no se puede”.
La cara de desazón de Pablo Giralt, relator de algunos partidos que transmite TYC, acurrucado por el frío en la quinta fila fue elocuente. Sin embargo, se alegró cuando Lagares calificó de honesto y digno a Fabbri. “Es una de las caras de TYC, un medio fuerte, donde está el poder, y lo denuncia”, lo elogió el periodista de Clarín al autor. Torneos y Competencias (TYC) junto a Televisión Satelital Codificada (TSC), ambas del Grupo Clarín, son las encargadas de televisar el campeonato de primera división y repartir entre los clubes 180 millones de pesos siendo Boca y River, con 20.265.000 pesos anuales cada uno, los que más ganan.
“Boca y River son el poder”, lanzó Fabbri y Lagares, sin perder tiempo, lo retrucó: “Paremos con la campaña contra los equipos grandes”, dijo mientras se reía junto al público. “El grado de corrupción se ha ido sofisticando, es más difícil de detectar, la corriente de dinero de afuera perturba demasiado”, apuntó el autor de Historias y de El nacimiento de una pasión (sobre el origen de los clubes de fútbol). Ambos libros forman parte de la colección Pasión Celeste y Blanca dirigida por el editor de Deportes para Latinoamérica de la Agencia italiana ANSA, Ezequiel Fernández Moores, que además escribe en lanacion.com y en la revista mensual Caras y Caretas.
Luego de tomar un poco de agua, Araujo espetó que para el próximo libro tenía información para darle sobre la gestión de Julio Grondona al frente de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA). “No es que no conté esta etapa porque gobierna Grondona y puedo perder el trabajo, si no que en 18 líneas no podía relatar 30 años de historia del fútbol argentino”, apuntó Fabbri. Una de las historias que recupera es aquella que sucedió el 5 de agosto de 1923 durante un partido que disputaban Platense y Alvear, en el cuál un fallo del árbitro Francisco Maffioli causó la protesta de los hinchas quiénes ingresaron al campo de juego para agredir al juez, a falta de policías. Lejos de tener miedo, Maffioli sacó un revólver y la gente huyó. No quiso seguir el partido pero los dirigentes lo convencieron de que lo hiciera.