13.7.08

OTRA MANERA DE SENTIR A JESÚS


“Queremos recordar la historia de estos 12 compañeros que están siempre con nosotros y aprovechar también para acordarnos de que el pasado 11 de mayo se cumplieron 34 años del asesinato del Padre Carlos Mugica, estos son los motivos de la celebración de hoy”, anunció, ataviado íntegramente de blanco, el Padre Carlos Saracini, de 43 años, aunque aparente muchos menos.
Al anochecer del 8 de diciembre de 1977 Ángela Aguad, Remo Berardo, Esther Ballestrino de Careaga, Raquel Bulit, la Hermana francesa Alice Domon, Horacio Aníbal Elbert, Patricia Oviedo, José Julio Fondevilla, María Eugenia Ponce de Bianco y Gabriel Eduardo Horane estaban en la esquina de Estados Unidos y Urquiza en el barrio porteño de San Cristóbal debatiendo la manera de conseguir dinero para publicar una solicitada en los diarios con el objetivo de exigir la aparición con vida de sus hijos “Desaparecidos”, sin embargo no esperaban que una patota comandada por quién ellos reconocían como “Gustavo Niño”, es decir el marino represor Alfredo Astiz (ver foto), los secuestrara y llevara a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). A Azucena Villaflor, fundadora de Madres de Plaza de Mayo y a la Hermana Leonie Duquet les tocó dos días después: hoy un Mural de colores en esa esquina los homenajea.
Si se contemplaba el altar de frente, el Padre estaba parado detrás de una mesa preparada sobre el ala izquierda al mismo nivel de los fieles y vestida con un mantel blanco, dos ramos de flores, dos velas, el vino sagrado y las hostias. Sobre él, y sostenido por dos columnas blancas, un lienzo rojo rezaba en letras negras que los homenajeados “No son sólo memoria...son vida abierta”. Lo rodeaban de 35 a 40 fieles, en su mayoría viejos, emponchados por el frío, entre los que sobresalían 10 pañuelos blancos, símbolo de las Madres.
Durante la última dictadura militar argentina (1976-1983) las Madres de la Plaza recurrieron a los Misioneros Pasionistas para salvaguardarse y rastrear información que les pudiese devolver a sus hijos. Muchos se refugiaron en la Parroquia Santa Cruz, flanqueda por las calles Estados Unidos, Carlos Calvo, 24 de Noviembre y General Urquiza, en San Cristóbal. En la misma manzana están la escuela, el servicio social, un local de Alcohólicos Anónimos y la Casa de Nazareth, con treinta habitaciones con baño. Enfrente, el Hospital Francés.
Su compromiso con los problemas sociales y la afinidad con los postulados del Movimiento de los Curas del Tercer Mundo es lo que identifica a esta congregación a diferencia de la Conferencia Episcopal Argentina. Precisamente, desde un afiche negro con letras blancas desplegado a la izquierda del altar mayor las fotografías del padre Carlos Mugica, del monseñor Enrique Angelelli y del monseñor Oscar Arnulfo Romero, bautizados como “Nuestros Mártires vigilan y protegen a los visitantes”
Antes de iniciar la celebración, Saracini enseñó una escultura que los alumnos de la Escuela de Cerámica Nº 1 habían creado para homenajear a las Madres de Plaza de Mayo como motivo del 31º aniversario de la primera ronda de los jueves. La pieza representaba un árbol sostenido por estatuitas de las Madres, y si se levantaba la vista se apreciaba la reproducción de distintos momentos de lucha y dolor y culminaba en la imagen de un feto, inicio de la vida. “Es hermoso, que lindo”, festejó con lágrimas en los ojos Tati Almeida, una de las Madres.
Acto seguido, el Padre Saracini pidió que tomaran asiento y la Asamblea obedeció sin chistar. Manoteó una guitarra criolla y entonó a viva voz Palabras para Julia, de J. A. Goysolo: “Tú no puedes volver atrás/porque la vida ya te empuja/Como un aullido/interminable, interminable....”. Los presentes hicieron la señal de la cruz mientras el sacerdote dice: “En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo”, “Amén”.
Ahora viene el momento de las Lecturas, de la palabra de Jesús tomada del Antiguo Testamento, del Nuevo Testamento o de alguno de los cuatro Evangelios. Pero no. El Padre Saracini le cede el micrófono a dos miembros de movimientos de derechos humanos que se alternan en la lectura de tres párrafos extraídos del discurso que el poeta, escritor y periodista Juan Gelman escribiese en ocasión de recibir el Premio Cervantes de Literatura. Entre párrafos, el cura había incluido una pregunta para que los feligreses se tomaran cinco minutos para pensar en silencio la respuesta para si mismos. Como cierre, y luego de un Evangelio de San Juan, se cantó un Aleluya bien fuerte escrito por monseñor Angelelli.
Viene la oración. “Vengan, acérquense a la mesa así estamos todos juntos, las Madres atrás mío, esperen que bajo el micrófono así estoy en un plano de igualdad”, invitó el padre. Los pedidos para Jesús son muchos: por los pobres, por que los jóvenes no se acerquen a las drogas, por que no haya desalojos, por que se condene a los genocidas, por que haya Justicia. Las voces retumban en la Santa Cruz. Llega el momento de que cada uno pida por aquel que está frágil y débil, que necesita ayuda: “Jorge Julio López: Presente”, “Gustavo Cortiñas: Presente”, “Haroldo Conti: Presente”, “Familia Aredez: Presente”, “Rodolfo Walsh: Presente”. Y así prosiguió hasta que el Cura Carlos Saracini exclamó: “Por Los 30 Mil Compañeros Detenidos Desaparecidos: Presente, Presente”, para que lo puedan escuchar Careaga, Bianco, Aguad y Duquet, cuyos cuerpos descansan en un Jardín con flores pegado a la Santa Cruz, a metros de la entrada principal sobre la calle General Urquiza. Todavía, a 31 años de estos crímenes, el represor Astiz no fue condenado.

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